Los frentes abiertos de la igualdad

Esteban Paños, portavoz de Cs en el Ayuntamiento de Toledo y miembro del Consejo Local de la Mujer

Tengo tres hijas, cinco hermanas, una madre estupenda y una mujer extraordinaria. Pero, a punto de cerrar una semana repleta de actos con motivo del 8 de marzo, tengo sentimientos contradictorios. No me gustaría que me malinterpretaran. Trataré de explicarme. Más que una celebración, el día de la mujer es una reivindicación – cargada de razones, por supuesto- que nos arroja a la cara una verdad, más que incómoda, dolorosa: vivimos en un país privilegiado del primer mundo, ya de lleno en el siglo XXI, y hemos sido incapaces de alcanzar aún la igualdad real entre mujeres y hombres.

Faltaría a la verdad si dijera que no hemos avanzado, porque la radiografía del asunto, a día de hoy, nada tiene que ver con la de hace unas décadas en España. Yo, como no puede ser de otra forma, estoy muy contento porque mis hijas no tengan que pedir permiso a su pareja para trabajar o abrir una cuenta en el banco, por ejemplo. Eso es de cajón; pero también es de cajón que las mujeres cobren lo mismo por el mismo trabajo, que tengan iguales oportunidades en el ámbito laboral a la hora de, por ejemplo, conciliar u ocupar puestos relevantes en las empresas y la sociedad y, sin embargo, las cifras nos sonrojan. También es de cajón que no se controle, insulte, denigre, maltrate -física y psicológicamente- o asesine a mujeres por el hecho de ser mujeres, y ahí sigue esta lacra, machacándonos.

Se ha puesto mucho, muchísimo, negro sobre blanco. La igualdad se imprime en leyes y se proclama en documentos de toda índole; se reivindica a gritos en concentraciones y se reclama en minutos de silencio, pero aprobar la asignatura nos costará aún mucho tiempo y mucho empeño. Según el Foro Económico Mundial, la igualdad real entre sexos no llegará hasta el año 2.186. Estas cifras son globales, pero tomemos nota porque en España, en el puesto 12 de las economías mundiales, nos pegamos un batacazo en el ranking de igualdad, donde nos situamos en el 29.

Yo, como hombre, no me conformo. No puedo hacerlo si quiero dejar a mis hijas una sociedad mejor y más justa. Y sé que hay muchas personas y colectivos que tampoco lo hacen. Que se juntan, insisten, son altavoz y pelean. Ha quedado más que claro durante esta semana. Pero necesitamos más; porque esta lucha, que no es cosa sólo de mujeres sino de todos, hombres incluidos, tiene infinitos frentes en los que hay que trabajar como un todo: la educación, el lenguaje sexista, la cosificación de la mujer en la publicidad y los medios, la conciliación laboral y la igualdad de oportunidades, la necesidad de dotar de medios a las leyes para que sean efectivas… El abanico de la desigualdad es muy amplio, pero siempre negativo: en el mejor de los casos nos impide avanzar y en el peor, cuando se tiñe de sangre, nos mata como sociedad.